Pensando
en voz alta... sobre una ley de la
naturaleza, que podemos aplicar a nuestras vidas.
Al
terminar este artículo compartiré con ustedes un cuento, no sin antes
reflexionar sobre esta ley que nos aplica en cada momento de nuestras
vidas. Lo vemos siempre a nuestro alrededor,
plantamos un naranjo, no crece un manzano, sembramos trigo, no crece girasol…
Es ahora
que pensando en voz alta y en mi... ¿qué he sembrado a través de mi vida? ¿Qué
he segado o cosechado?
Lo
primero que debo decir que ya no se puede retroceder el tiempo para “sembrar”
algo diferente, en otra palabras hacer
lo que no hicimos, tomar decisiones diferentes a las que hemos tomado y tratar
dentro de lo posible de no culparnos, si después de años, con más experiencia y
madurez nos damos cuenta que la “cosecha” en muchos aspectos de la vida las
cosas no es la que deseábamos. Por otro lado es bueno pensar que lo que hicimos,
aún si nos equivocamos, lo hemos hecho con la mejor intención y pensando que
estábamos haciendo lo correcto.
En lo
que a mis respecta “sembraría” lo mismo que he “sembrado” a través de mi vida.
Volvería a casarme con la misma mujer que me acompañó por más de 27 años,
volvería a tener los mismos hijos y aunque muchas veces me equivoqué y reiterando lo que dije antes volvería a
tomar las mismas decisiones.
Otra
cosa diferente es lo que estoy “cosechando” , parte de esa cosecha duele…
aunque tengo que decir que la mayoría de las cosas que veo en esa “cosecha” son
buenas, 3 hijos preciosos, unidos,
buenos esposos y esposas, buenos jóvenes , hombres y mujeres, dignos hijos de
mi esposa, que a su vez, la vida les va enseñando… ellos están sembrando…su
cosecha vendrá en el futuro y seguro llegarán a la misma conclusión que
yo… hemos hecho lo que creíamos era lo
mejor.
Ahora un
relato que ilustra lo escrito:
“LA SEMILLA DE MANGO”.
Había una vez un señor que sembró
una semilla de mango en el patio de su casa. Todas las tardes la regaba con
cariño y repetía con verdadera devoción:
-Que me salga durazno, que me
salga durazno…
Y llego a convencerse de que
pronto iba a tener un árbol de duraznos en el patio de su casa.
Una tarde vio con emoción que la
tierra se estaba cuarteando y que una cabecita verde pujaba por salir a la búsqueda
de los rayos de sol. Al día siguiente, en el patio de su casa, asistió
emocionado al milagro del nacimiento de una vida.
-Me nació el árbol de duraznos-
dijo el hombre con satisfacción y orgullo.
Hasta se puso imaginar que en
unos años la familia podría disfrutar de unas suculentas cosechas de duraznos.
En las tardes, mientras cuidaba y atendía con cariño a su árbol, le hablaba
como a un hijo y le decía:
-Tienes que ser un verdadero
árbol de duraznos; bien distinto y diferente a esos árboles de mangos
populacheros que crecen silvestres y que, en época de cosecha, llenan los
patios de las casas.
El árbol fue creciendo y un día
el hombre vio, primero con duda, después con incredulidad y desconcierto, que
lo que estaba creciendo en el patio de su casa no era un árbol de duraznos sino
un árbol de mangos. El hombre dijo con despecho y tristeza:
-No entiendo cómo me pudo pasar
esto a mí, tanto que le dije que fuera durazno y me salió mango.
Y es que se recoge lo que se siembra
Así esta
el mundo amigos… continuemos sembrando...quiere decir que a pesar de todo y de
todos seguimos adelante. Los quiero.
Homero.
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